Home | Blogs | Foros | Registrate | Consultas | Martes 12 de noviembre de 2019
Usuario   Clave     Olvidé mi clave
     
Ir a la página de inicioIr a los Blogs
Mi Perfil
Ciro Annicchiarico
Lomas de Zamora - Argentina
Desde que empecé a valerme de una lapicera estoy atrapado por la vocación de escribir. El mundo se arma frente a mí cuando lo describo en un relato. No es que no pueda hablarlo, sino que cuando lo hablo lo sobrevuelo, mientras que cuando lo escribo siento que lo toco, que camino sobre el, que lo huelo y lo degusto, que lo combato y le hago el amor.
Archivo de entradas | Mostrar datosDesplegar
Ocultar datos Noviembre 2010
Gracias
Presentación de la novela
Mostrar datos Septiembre 2010
Mostrar datos Mayo 2010
Mostrar datos Abril 2010
Mostrar datos Marzo 2010
Mostrar datos Febrero 2010
Mostrar datos Enero 2010
Mostrar datos Diciembre 2009
Mostrar datos Marzo 2009
Entrá a Radio La Quebrada

Últimos comentarios de este Blog

26/12/14 | 20:37: Cesar Sauan dice:
Nuevamente estoy invitando a autores que me agradan sus trabajos a sumarse en los Libros Compartidos de mi taller ( www.cesarsauan.blogspot.com) para Editoras Dunken y AYE Bogotá Colombia...Si interesa solo escribeme un correo con la obra que deseas publicar ( poesìa o cuento breve 2paginas) o dejame elegir a mi entre tus trabajos publicados.... Espero respuesta por si o no. gracias cesarsauan@gmail.com
29/01/11 | 18:51: MONINA dice:
Hola, te felicito por todo lo que expusiste, todo me gustó mucho, me encantaría contar con vos en mi grupo de amigos, es por eso que te invito, puedes promocionarte exponiendo tus cuentos, poesías o escritos o tus sentimientos o tus sueños, te elegí además por ser de Argentina,Bs.As, me encanta valorar a nuestros poetas argentinos, no escribo pero me gusta leer poesías, reflexiones, frases, cuentos, relatos, textos breves, de todo un poco, en estos momentos estoy de vacaciones pero sino trabajo como psicopedagoga, por eso si querés formar parte de mi grupo de amigos: “PUNTO DE ENCUENTRO AMIGOS DE BS.AS”, si gustás conocernos, también podés decirle a alguien de tus conocidos o amigos, si quieren ser nuestros amigos y al igual que a vos si quieren mandarnos algo sobre:"El Verano", "Las vacaciones", "La playa", "El mar", "La Amistad", "Los Amigos", "El amor", "Estar enamorada" o que tengan que ver con estos temas y quieran además tener nuevos amigos, tener una linda amistad duradera, fiel e incondicional, si apostás a la Amistad y aceptás comprometerte con ella, te invito a que transites nuestro camino de la Amistad con nosotros a cambio te ofrecemos toda nuestra amistad, estar en las buenas como en las malas, ser una buena compañía a través de mensajes, Chat o en encuentros de grupo en salidas varias, nuestro lema es: “Unirnos por la Amistad” Creemos que es un pequeño y humilde aporte para “La Paz en el Mundo”, dale aceptás? Te estaremos esperando con toda la buena onda y amistad por siempre y yo con los brazos abiertos virtualmente y quizás algún día en persona para darte la bienvenida!Somos vecinos Yo soy de Temperley Coord.Gral.: MONINA Para Suscribirse: puntodeencuentroamigosdebsas-subscribe@gruposyahoo.com.ar
29/12/10 | 01:40: Nacho, de longchamps dice:
hermano me devore el libro en una noche, una tarde y un par de viajes del roca impresionante, hace rato que algo no me atrapaba asi, aunque me quedaron algunas puntas abiertas en el relato, esta bueno, muy bueno, tanto que me meti en la red a ver adonde te podia escribir es ttan del conurbano, que no se si se lo presto a algunos amigos de capital si lo van a vivenciar de la misma forma abrazo
Vínculos
Dualidad del silencio - Italia d´amare Dualidad del silencio - Italia d´amare
Poesías en español e italiano

Los poetas son seres cuyos ojos no sólo sirven para mirar el mundo sino para mirarse por d... Ampliar

Comprar$ 40.00

Escuchá Radio De Tango

Aldebarán


Es una ventana al mar, la mesa de un café a la mañana, balcón que da a la pendiente de un cerro, sillón con esa lámpara, camino de tierra en el monte.


Escribí un comentarioEscribí tu comentario Enviá este artículoEnvialo a un amigo Votá este artículoVotá este texto CompartirCompartir Texto al 100% Aumentar texto

JUGO DE VÍBORAS



   Sucedió hace muchos años, a mediados de los ochentas. Me habían propuesto integrar la lista de conjueces federales de Lomas de Zamora. Un solo juzgado federal, con las excusaciones y recusaciones, generaba problemas a la hora de decidir. Entonces hacía tres años que me había recibido y no estaba muy seguro de que fuese una experiencia suficiente para ser juez federal. No obstante, me sentí capaz de afrontar el desafío. La cámara revisó mis antecedentes y aparecí en segundo lugar en la lista de subrogantes. Nada extraordinario, procesos comunes por tenencia de estupefacientes y alguna que otra cuestión sobre contrabandos menores. Pero a los dos meses, en pleno verano, sonó el teléfono en mi estudio y un colega prestigioso, al que conocía desde hacía años, me saludó y dijo sin más vueltas:

   -Saliste desinsaculado para intervenir como juez en un caso mío.

   -Si es así no tendrías que haberme llamado, huevón. ¿Qué me vas a pedir?

   -Nada, simplemente decirte que se trata de un tema importante, de trascendencia, y lo único que pretendo es que le prestes mucha atención. No es un expediente más. Está en juego la esperanza de vida de mucha gente.

   -¿De qué se trata?

   -De la crotoxina. De un amparo contra la decisión del gobierno, que dispuso prohibirla. –Hizo una pausa y agregó-: Pretendemos que la sigan proveyendo a los pacientes que lo firman.

   Ni bien lo escuché supe que saldría en los diarios.

   Enseguida de cortar el teléfono llamé al juez titular. Quería saber de qué venía la cosa y qué pensaba el. Lo único que me contestó fue que no podía opinar, que se había excusado por haber intervenido como defensor oficial subrogante en un caso similar anterior, y había comprometido su opinión. Y que en cuanto al régimen de subrogancias de la justicia federal era muy respetuoso. Ahora el juez era yo y no quería incidir en mi decisión sobre el tema. Cuando colgué el auricular me quedé mirando la pared frente a mi escritorio. Colgaba de ella un cuadro con la foto de mi graduación. Le estaba dando la mano al decano de la Facultad de Derecho después de que me entregara el título. En otro más chico, al lado, los mandamientos del abogado de Eduardo Couture.

   Al otro día fui muy temprano al juzgado federal y pedí el expediente del amparo. Las empleadas me miraron con ternura y me alcanzaron un expediente que parecía la guía telefónica. La carátula la encabezaba un nombre patricio de la provincia de Buenos Aires y seguían otros quince nombres. Leí durante casi toda la mañana acomodado en el costado de uno de los escritorios de las empleadas. Ahora era juez, pero el despacho con aire acondicionado seguía siendo de uso exclusivo del titular que se había excusado. De todas maneras, no estuvo mal el rinconcito asignado. Podía de vez en cuando distraerme mirándoles las piernas a las chicas.

   La cuestión era así. En 1985, con motivo de unas investigaciones médicas y biológicas desarrolladas por un equipo de científicos argentinos encabezado por el biólogo Juan Carlos Vidal, se había difundido la supuesta virtud curativa del cáncer que tendrían los compuestos que denominaron "Crotoxina A y B". Esos preparados comenzaron a producirse por algunos laboratorios y a suministrarse en forma reservada y casi gratuita a un grupo seleccionado de pacientes. Éstos, sintiéndose perdidos, se prestaron para la prueba. El valor de las dos ampollas era equivalente al de un par de alpargatas. El precio no era fijado con un criterio mercantil ni tampoco especulando con la medida de la necesidad que cubría, sino solo en base al costo del procesamiento del líquido y el valor del vidrio del envase. Lo envolvían en un cartón y lo entregaban. No se cobraba el valor de la fórmula. Era puro socialismo aplicado. Muchos médicos oncólogos, que conocían el experimento por relaciones profesionales, prescribieron el compuesto a sus pacientes y facilitaron los contactos. El tema empezó a ser un secreto que corría soterradamente por los círculos médicos y entre los desdichados que sufrían la enfermedad y sus familiares. Se empezaron a difundir muchos casos en los que, aparentemente, los procesos cancerígenos parecían revertirse y hasta desaparecer. En otros, se supo que se detenía la evolución de la enfermedad maldita, colocándola en una especie de meseta.

   Se empezaron a armar brigadas de aventureros que iban a cazar víboras yarará a las provincias del noreste argentino. Corrientes, Formosa y Misiones recibían grupos de locos vestidos de safari que se introducían en los montes, en los esteros y en cuanta aguada encontraban, buscando serpientes. En un momento dado los médicos del equipo de Vidal temieron que algún oportunista se adelantara con el anuncio y el registro de la patente de la investigación. Convocaron a una conferencia de prensa y hablaron de la crotoxina y de su probable poder curativo del cáncer. Se produjo una explosión mediática descomunal.

   La noticia sobre el hallazgo de la pócima milagrosa se propagó como relámpago. Los enfermos y sus familiares empezaron a hacer colas y a dar gritos reclamando por su derecho a la vida. Denunciaban que había privilegiados a los que en secreto se les suministraba la droga, y que al resto se lo dejaba morir. El dilema ético era un pesado yunque en las espaldas de los médicos. ¿Cuál era el criterio para seleccionar a los beneficiarios para el experimento? ¿Por qué a unos sí y al resto no? Se empezó entonces a extender el suministro de crotoxina. Cada vez más enfermos tuvieron acceso a las ampollas A y B. Todo aquel que llegara con una prescripción médica tenía asegurada la entrega mensual suficiente del complejo. Apareció el mercado negro. El griterío y el escándalo eran cada vez mayores. Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que se ensombrecieron los rostros de muchos empresarios, dado que los pacientes abandonaban las terapias convencionales. Los tratamientos quimioterapéuticos y de rayos son costosísimos. Los prestadores de esas terapias vieron azorados que las facturaciones empezaban a languidecer. Los alquileres o las compras de esas tecnologías e instrumentales oncológicos significan fuertes inversiones y endeudamientos. Detrás de esas empresas hay bancos prestamistas, aseguradoras y consorcios a los que no les interesa el socialismo, la solidaridad ni la salvación de las almas. En sus reuniones de directorios se miraban impávidos. Si de repente nadie más usa los tratamientos convencionales porque un grupo de alquimistas alucinados los convenció de que se curan tomando jugo de víboras estamos en problemas, decían. Se vieron de repente en la antesala del infierno. Velozmente organizaron lobbies y difundieron sus protestas.

   Entre las empresas prestadoras de servicios de salud y muchos médicos existe una red de intereses recíprocos que se expanden, de manera equivalente, valga la paradoja, a una metástasis. Las academias, los colegios profesionales y los laboratorios acusaron a Vidal y a su equipo de irresponsables, de poco serios. Se puso en tela de juicio la investigación argumentando que su anticipada difusión antes de contar con pruebas científicas definitivas constituyó un desatino que llevó a muchos pacientes a abandonar sus tratamientos autorizados y confiables. El argumento más fuerte fue que la droga no contaba con autorización del ministerio de salud de la nación. Era de peso. Imputaron a Vidal y a los otros biólogos de su equipo de violar normas legales y de ética profesional. Los acusaron de curanderos y de mercachifles. Buscaron demolerlos en su idoneidad y prestigio científicos. El gobierno tenía que hacer algo urgente para que los pacientes de cáncer, si es que debían morirse, lo hicieran dosificados con quimioterapias y bombardeados con rayos de cobalto. No bajo el suministro de crotoxina. Y mucho menos que, si por alguna razón se les remitía el cáncer, fuera a creerse que la cura fue por la pócima suministrada por Vidal.

   El gobierno, entonces, a través del ministro de salud, reaccionó como un rayo ante la demanda empresarial. Prohibió mediante decreto tanto la producción como el suministro del complejo vitamínico "Crotoxina A y B". Desautorizó la investigación y dijo que lo que había hecho Vidal no era serio ni digno de científicos. Inmediatamente dejó de suministrarse crotoxina a los pacientes de los grupos a los que regularmente se les daba en forma casi gratuita. Explotó una bomba más estruendosa que la anterior.

   El clamor y la movilización de los afectados fue inmediato. Se propagó instalándose una suerte de debate nacional. Las acciones de amparo comenzaron a presentarse por decenas. Todos, enfatizaban, tenían derecho a la crotoxina y a curarse del cáncer. El amparo que llegó a mi fue uno de ellos. Era el promovido por treinta personas que encabezaba un miembro de una reconocida familia bonaerense, cuyo nombre dejo bajo un prudente resguardo. Cayó en el Juzgado Federal de Lomas de Zamora, que en ese entonces era competente tanto en materia penal como también civil. El juez titular se excusó. Me tocó a mí, que estaba en segundo lugar en la lista, y que hacía tres años me había recibido de abogado.

   Lo concreto era que los amparistas, ante la prohibición oficial, pretendían que la justicia declarase inconstitucional esa medida. A su vez, de prosperar el amparo, pedían que a la decisión se agregara la autorización para la producción privada del complejo crotoxínico. Obvio, habían previsto que de obtenerse una decisión favorable al recurso, sin más, ese éxito sería pírrico ya que los únicos laboratorios que hasta entonces lo habían fabricado eran dependientes de organismos oficiales, y aunque hubiese un permiso judicial, ningún subalterno de la administración pública se enfrentaría al ministro de salud y a un riesgo empresario o laboral. La experiencia y la solvencia jurídica del abogado patrocinante, el que me había llamado por teléfono el día anterior -cuyo nombre también creo justo mantener a resguardo-, era destacable. Pedía que además se autorizara la producción privada. Algo en verdad jurídicamente inútil, ya que si algo está autorizado, lo está para todos. Pero políticamente acertado ya que evitaba discusiones, manipulaciones mediáticas y temores sobre el destino de sus licencias en los eventuales laboratorios privados que quisieran intentarlo. Podrían decir que contaban con autorización judicial.

   El argumento del amparo era tan sencillo que sorprendía la cantidad de papeles que se habían cosido al expediente. Todos los especialistas, oficiales y privados, nacionales e internacionales, coincidían en que la crotoxina era un producto de laboratorio cuya eficacia para remitir el cáncer seguía estando sometida a estudio, no estaba todavía demostrada. Al mismo tiempo, y esto era lo más interesante para el amparo, todos también afirmaban por igual que no tenía efectos secundarios de ningún tipo, que era como tomar agua. En todo caso, funcionaba solo como placebo. Ninguna ley ni disposición de la autoridad prohíbe producir, distribuir o consumir un producto que, aunque no sirva para nada, tampoco le haga daño a nadie. Se trata de algo que está exclusivamente sometido al ámbito reservado de las personas, fuera de los alcances de los magistrados y de cualquier autoridad. La jugada era fuerte y me daba pie para pavonear destrezas de constitucionalista. Por alguna misteriosa razón es la única rama del derecho cuyos especialistas son por todos considerados serios y buena gente.

   Me llevé unos cuantos apuntes y fotocopias a mi estudio. Trabajé ese día hasta tarde a puertas cerradas. En la puerta puse un cartel de hoy no se atiende y desconecté el timbre. De vez en cuando miraba la pared frente a mi escritorio. En la que estaban los cuadros con la foto de mi graduación y con los mandamientos de Couture. Reparé en uno de éllos: Piensa, el derecho se aprende estudiando, pero se ejerce pensando. Miré después el cuadro de al lado. Cuando estaba recibiendo el título de abogado, enrollado, de manos del decano, ni me imaginaba los casos que tendría que atender. Ahora tenía que pensar. A las cuatro de la tarde ya llevaba consumidos casi dos termos de mate y el escritorio lo tenía repleto de apuntes de la facultad y de libros. El más delgado era el primer tomo de derecho constitucional comentado de Bidart Campos. El lomo era como el de una Biblia, medía cuatro centímetros y medio de ancho. Después de la cuarta vez que sonó el teléfono, que me distraía con ansiedades de clientes insoportables, directamente lo desconecté. No existían todavía las computadoras. Trabajaba en una Olivetti Léxicon 80 de carro chico, que era una fortaleza que había conseguido cinco años atrás en el remate de los restos del Frigorífico La Negra. El lote traía un escritorito individual de madera, destartalado, un fichero de lata oxidada y tres máquinas Léxicon 80, dos de ellas en muy buen estado. El negocio había sido las tres máquinas. Dos le habían quedado al dueño del estudio jurídico donde empecé a trabajar antes de recibirme, y la tercera, que obviamente no era la mejor, me había quedado a mí. Era en la que ahora estaba martillando palabras de derecho constitucional. La había hecho arreglar y quedó como una locomotora nueva. Fue mi instrumento de trabajo con el que empecé a proferir diatribas contra los jueces, como hacen siempre los abogados nuevos. Ahora resulta que de pronto el juez era yo, y tenía decidido enfrentarme al poder ejecutivo. En esa época fumaba. Como si estuviese dispuesto a que se me petrificasen los pulmones. En el escritorio había un cenicero grande de vidrio, de esos redondos y gruesos que encierran burbujas de aire. Estaba repleto de colillas y cigarrillos apagados. Muchos por la mitad por el hastío. Era como si me hubiese creído lo de la crotoxina. A las ocho de la noche mi oficina estaba envuelta en una bruma blanca de tabaco respirado. El escritorio sostenía una montaña de libros, y al costado de la Olivetti se apilaban unas quince hojas de oficio escritas a un solo lado, a doble espacio. Era la tercera vez que pasaba en limpio apuntes de la resolución. No obstante, este último  borrador también terminaría con anotaciones, llamadas y correcciones manuscritas a los costados y entre líneas. A las doce menos cuarto de la noche no leí más, ni escribí ni corregí más. Me lo impuse. Acomodé las hojas y las apoyé ordenadas en medio del escritorio, en un claro que abrí apartando libros con los brazos. No hice más. Apagué las luces y me fui. Cuando estaba cerrando la puerta vi en medio de la oscuridad un punto de luz roja. Era una brasa de pucho del último cigarrillo que había fumado. Volví a entrar maldiciendo y lo apagué con agua del termo. No sea cosa, pensé. Tenía ganas de ver dibujitos animados en la tele.

   Dormí dando saltos. Me sobresalté espantado dos o tres veces durante la madrugada, pensando que me había quedado dormido. A la mañana me desperté tosiendo, con los pulmones abarrotados por el humo consumido y con el cerebro entumecido. Tras acomodar algo mi conciencia intenté repasar mentalmente los argumentos que había escrito a la noche. Me pareció todo una sarta de superficialidades y de inconsistencias. A las ocho de la mañana me preparé unos mates. Fui en calzoncillos a mi privado, agarré las hojas que había escrito y me puse a leer. Era todo basura. No tuve ánimo para hacer correcciones ni mucho menos para volver a leer en busca de otras cosas. Pero después de darme una ducha y vestirme, con los pantalones puestos, me miré en el espejo mientras hacía el nudo de la corbata sobre la camisa limpia. Me había convertido en abogado. Además ahora era juez. Volví al escritorio y releí el borrador. Ahora era una buena pieza jurídica. Introduje las hojas en una carpeta, me puse el saco y salí hacia el juzgado. Las chicas me recibieron mostrando compasión. Se me notaba que había trabajado hasta tarde y que había dormido mal. Me acerqué a Lucía –la empleada a la que más le había mirado las piernas el día anterior- y le pedí que me hiciera una primera pasada a máquina del borrador. Le traduje algunos de mis garabatos indicándole qué letras y qué palabras representaban. Me acerqué cuanto pude a su oído, oculto detrás de algunos rizos rubios, para explicarle cómo debía interpretar ciertos interlineados y algunas llamadas al pie de página. Me di cuenta que usaba Poeme. Una vez dadas las indicaciones volví a mi estudio. Al cruzar la plaza ví salir un cortejo fúnebre de la catedral. Imaginé que podía ser alguien a quien se le negó crotoxina. A la hora y media más o menos Lucía me llamó. Había pasado en limpio la resolución y le había parecido muy buena. Es más, se la había mostrado a la auxiliar letrada y al secretario. Todos coincidían en que podía pasarse directamente en limpio y presentármela para la firma, si es que usted está de acuerdo, me dijo. Volví al juzgado con la autoestima en el espacio sideral. Era juez. Me senté en un costado del escritorio del secretario y leímos el texto de la providencia en voz alta. Lucía, cada tanto, me miraba de soslayo.

   La resolución terminó siendo breve y precisa. Resolví que estaba probada la inocuidad del elemento en cuestión. Que aunque no estaba acreditada su eficacia para liquidar tumores cancerígenos, tampoco producía efectos dañinos de ningún tipo para la salud de quien lo ingiriese, atribuyéndole por sí o por prescripción médica poderes curativos. Por ello, la prohibición de su elaboración, de su comercialización o de su suministro resultaba totalmente contraria a nuestros principios constitucionales. Declaré la inconstitucionalidad del decreto presidencial, y autoricé la producción del complejo crotoxínico por cualquier laboratorio, público o privado. Mencioné los artículos 1º, 14 y 19 de la Constitución, que desde el colegio primario me habían enseñado que nos recordaban que vivíamos en una república, en un país donde las personas son libres de hacer lo que les plazca mientras no molesten al vecino, y que ningún juez o autoridad de ningún tipo pueden meter la nariz en las cosas que a las personas se les ocurra hacer en su intimidad. La Constitución Nacional no prohibe tomar agua, dije, a alguien que crea que su ingesta le cura un cáncer. Miré satisfecho el papel membretado y le estampé mi firma, y también a la copia para el registro del juzgado. El secretario certificó la resolución. Cerré el expediente y con una sonrisa, en un gesto triunfal, se lo di a las chicas que me contemplaban con sus caritas ladeadas, sonriendo apenas, como quien mira a un mártir en el momento de inmolarse. Saludé a todos y dando media vuelta, con paso firme, salí del juzgado rumbo a mi estudio. Por dentro estaba aterrado. Cuando llegué a mi privado corrí las cortinas. Miré la Lexicon 80. La lucha de Lisandro de La Torre tendría alguna otra secuela loable.

   Ya los noticieros de la tarde empezaron a dar la noticia a modo de primicia impactante. Juez enfrenta al gobierno y autoriza la producción privada de la crotoxina. Fragmentos de la cara del ministro de salud aparecían por televisión detrás de un enjambre de micrófonos. El gobierno me cayó encima. El ministro hizo públicas declaraciones aludiendo a jóvenes jueces sin experiencia que dictan fallos irresponsables. Yo tenía entonces treinta y tres años de edad, no era tan joven, aunque sí contrastaba con los jueces que caracterizaron al cercano proceso de la dictadura militar. Tal vez fue esto lo que llevó al ministro a derrapar con una expresión impropia y discriminante. No dudé un instante. Le hice un severo llamado de atención por vía de apercibimiento. Si tenía algo que decir lo debía hacer por escrito y mediante los recursos legales. Debía respetar la independencia del poder judicial. Estábamos en democracia. Ahora yo era juez. Mutis. Los abogados de la procuración del tesoro acudieron veloces a interponer apelación. El expediente fue a la cámara federal. El tribunal superior, como un destello que ni siquiera llega a verse, revocó mi decisión. Siempre me pregunté cómo hicieron para estudiar todo el expediente, los incidentes científicos y los dictámenes de laboratorio, en tan poco tiempo. Ganaron ellos. La suerte de la crotoxina estaba sellada. Los dueños de las empresas prestadoras de quimioterapia y de rayos de cobalto respiraron aliviados. Las víboras respiraron aliviadas. Se ratificó la prohibición mediante otro decreto presidencial. Los amparistas, empezando por el apellido ilustre, fueron muriendo. Con ellos se extinguió también la acción judicial. Nadie sabrá qué hubiera sido de ellos.

   Sentado en el sillón de mi escritorio, una tarde de esas, en las que todavía poblaba mi mente el amparo de la crotoxina y el perfume de Lucía, levanté la vista apartándola de otro trabajo que apuraba en la Léxicon 80. Vi la pared que tenía al frente y me detuve en otro de los mandamientos de Couture, La abogacía es una ardua fatiga puesta al servicio de la justicia. Recorrí uno a uno los demás mandamientos y reparé que nada se decía, en ninguno, sobre los resultados de la ardua fatiga, y si servía para algo.

   Ciro . Abril de 2003

 

 


Calificación:  Votar Aún no han votado este texto  - Ingresá tu voto

Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
06/12/09 | 21:24: Juan dice:
Ciro:Buena experiencia de vida y mejor denuncia de la tenebrosa conspiración: Laboratorios-Gobiernos-Profesionales, para lucrar con lo impostergable.Saludos.Juan
cerveranovo49@yahoo.com.ar
 
Últimas entradas del mes
19/11 | 17:26 Gracias
12/11 | 21:00 Presentación de la novela


Radio La Quebrada Radio de Tango Indexarte Escribirte OccidentesEscuchanos
Noticias | Efemérides | Novedades | Biografias | Textos | Audio | Recomendados | Entrevistas | Informes | Agenda | Concursos | Editoriales | Lugares | Actividades | Blogs | Letras de Tango I | Letras de Tango II | Contacto | Boletín
© 2006-2019- www.escribirte.com | Todos los derechos reservados   | Diseño Web | Canales RSSRSS